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Noches sin techoA simple vista se ve que no duerme tranquilo hace mucho tiempo y que su ropa lleva más de un día de uso, pero aun así al cumplir nuestra cita para contarme su historia de vida, Junior1, me saluda con ánimo y educación. Se presta a cualquier actividad que hay que hacer donde nos encontramos, levanta sillas y cajas, organiza mesas y sonríe tímidamente a los niños que están en el lugar. Tiene voluntad para trabajar, para ayudar, para ganar plata y tener donde dormir y que comer hoy. Mañana será otro día, dice ya en la entrevista.

Nació y creció, en una familia de bajos recursos, donde la atención de mamá era nula, igual que la presencia de papá. Rodeado de amigos que “andaban en malos pasos”, como dicen las abuelitas, queriendo ganar dinero fácil y rápido para comer porque en casa no había, fumar un porro y pasar un rato sin preocupaciones y sin pensar en los problemas familiares, en esas empezó a abrirle las puertas de su vida al consumo de drogas y a la vida de calle.

Era un niño alegre, a pesar de que las circunstancias familiares eran complicadas, aunque dice que estas no han cambiado y, a su pesar, han ido en decadencia. Tiene dos hermanas mayores que en aquella época hacían las veces de cuidandera mientras su mamá salía a trabajar en casa de familia o lavando ropa de otras personas que pagaran por ello. Relata todo con tranquilidad y nostalgia. Como si quisiera volver a aquel tiempo.

Desde los ocho años, sufrió maltratos de todo tipo por parte de su padrastro, aquel que llegó con promesas de amor a su madre y que, a su menor descuido, con engaños, maldad y golpes, también arrancaba, junto a sus ropas, la inocencia de las menores de la casa. Escuchar tanto no me dejaba ni siquiera dimensionar cuanto dolor y resentimiento había hacia el mundo cuando te tocan tantas experiencias de dolor a tan corta edad, donde los juegos, la tranquilidad y la risa, deberían ser el eje de la vida. Pero la realidad de Junior era esa, cruda y fuerte. Como de la de muchos. Miles.

Escuchar las historias de Junior me hace pensar que nadie está exento a caer en uno de los problemas sociales que más ha afectado: la drogadicción. Un problema social que retrasa todos los procesos de desarrollo o progreso pues, además de que parte de algunas necesidades básicas, desencadena otras tantas, quizá, mucho más fuertes. Pero más allá de eso me lleva a pensar cuán cómplices somos de las causas, cuántas veces hacemos el papel de la mamá que se ciega, convenientemente, para que su pareja deshaga su vida y las de sus pequeñas hijas, cuántas veces somos el padre que se fue dejando una familia sin respaldo ni apoyo y cuántas otras somos sólo espectadores de las vidas de nuestros vecinos, amigos y, hasta familiares.

Junior es un joven con sueños y ganas de salir adelante, que está certificado en más de once diplomados, cursos y talleres entre los que se encuentran vigilancia, talento humano, atención al cliente, cultura y, su gran pasión y sueño, cine. Sí, así, con todos los problemas que cargó en su espalda desde los 14 años cuando su padrastro, luego de fuertes golpes y sacudidas, logró convencer a su mamá de que lo sacara de casa. Lleva cinco años de abstinencia, dice, pero sus fuerzas se acaban. Hace dos días intentó suicidarse. Mientras hablamos, llora, y yo me cuestiono: ¿Quién debe ayudarle? O mejor, ¿Quién debió ayudarlo a sus 14 años cuando salió de casa o a sus 8 años cuando llegó aquel hombre cruel a golpear y a maltratar? ¿Cómo lo ayudo?

Siguió contándome que un día se acercó un “duro”, de esos mandados del cielo, “o del infierno”, chistea entre risas sarcásticas. El sujeto le ofreció unos billetes por hacer un atraco, por disparar contra alguien, por hacer una vuelta, de esas de las que muchas veces no hay regreso. Junior aceptó, por hambre y techo, robó, peleó a sangre con algunos y asesinó a otros. Cada vez las historias son más fuertes, más crudas y, tristemente, también más reales. ¿Cómo saliste de tu pueblo? ¿Por qué? Pregunto con ganas de saber y con miedo de escuchar. “Amenazado, profe, vuelvo al pueblo y me matan”, me cuenta. Aquellos tipos que ofrecieron pan y techo, ahora lo buscan porque las cosas se pusieron mal. Algo se perdió, pero no deja claro qué y eso desató que sus antiguos compañeros de trabajo, ahora sean sus verdugos.

Me cuenta luego que cuando fue a vivir a las calles de Puerto Berrio, Antioquia, su pueblo, deambulaba con hambre y frío, pedía plata para comer; nada fácil cuando los que te rodean no están en condiciones de ayudarte, o no tienen intención de hacerlo, “eso también pasa, profe”, me dice, “mucha gente, no ayuda a nadie”. Ahora estoy de acuerdo. De hecho, lo percibo más más común de lo que uno podría pensar. Por eso aceptó, aunque se ve afligido cuando recuerda que todo pudo ser diferente para él y no tuvo maneras de decidirlo.

Su llegada a Medellín, el 29 de enero de 2016, también empezó con vida en la calle, con hambre y con frío. Algunas noches fueron “buenas” porque robaba y alcanzaba para pagar un cuarto. Junior encontró apoyo, después de mucho buscar y deambular, en una fundación en la que por su condición de desplazamiento le ofrecía comida y techo. No quería defraudar a las personas que le dieron la mano. Una fundación del Estado en la que ayudaba con las labores diarias, en la que empezó a tener problemas por esa actitud de servicio pues algunos compañeros no quería un líder. Me cuenta muy triste que al contarles a sus profesores los incidentes que tuvo estos se rieron. Volví a pensar ¿Cómo es posible que alguien que tuvo por vocación el trabajo social se ría de un episodio como este? ¿Qué tipo de ayuda es la que reciben él y la innumerable cantidad de personas que sufren de adicción a las drogas o que habitan en las calles?

Continúa el relato, y ahora con lágrimas me dice que ya no quiere más. Me dice que para él la muerte está cerca. “no tengo nada que perder, profe… mañana me puedo morir y ya, no hice nada de lo quería”. Le duele, me lo dicen sus lágrimas, sus gestos, sus manos en la cabeza tapando el rostro de un hombre con las ilusiones de niño apagadas. Junior tiene 23 años y siente haber vivido mil. No quiere sufrir. Es inteligente y me cuestiona en la conversación. Me pregunta si creo en la paz, y yo desde mis experiencias tanto personales como profesionales, que ahora por esta conversación me cuestiono ¿cuánto me han servido los años para ahora ser parte de la construcción de sociedad en paz? ¿Cuánto he ayudado a los demás? digo que sí, pero dudo, y continuo diciéndole que la paz la hacemos nosotros mismos todos los días. Con voz fuerte y sin titubear, trata de enseñarme que no, que todos los que, de alguna manera u otra, ocasionaron que él diera sus pasos hacia la calle, las drogas, el peligro, el frío, el hambre y las enfermedades psiquiátricas que padece: esquizofrenia, trastorno bipolar y depresión. Ellos no saben ni hacen paz. Y yo empiezo a creer.

La sociedad con sus problemas nos ha envuelto y muchas veces, ante eso, nos cegamos por voluntad, como aquella mamá que permitió que sus hijas fueran violadas por quien duerme cada día en su misma, como aquel funcionario que se burló de un problema real que tenía la persona a quién él debía prestar ayuda, como aquel sujeto que ofreció pan y plata a cambio de dañar otras vidas ¿a dónde vamos? ¿Cómo hacemos paz? ¿Quién necesita nuestro apoyo no sólo económico, sino psicológico? La vida se nos pasa en organizar y arreglar nuestras propias vidas, muchas veces, sin pensar en los demás; pero es una reflexión individual a la que me llevó un hombre que vive en las aceras de cualquier calle y quien, en un estado de vida ideal, que le fue negado y arrancado cuando sólo tenía ocho años. Alguien que merece todas las oportunidades de volver a empezar y construir sueños y una vida digna y que, en cambio, se agota. Piensa y, son sus palabras, me hace pensar que hay miles Junior, como él, que andan por ahí con problemas reales, problemas que marcan y matan. Que cualquiera puede ser y estar en su misma situación. Y le creo.

Desde que hablamos aquella mañana, pienso en él, en que él podría ser mi hermano, mi papá o mi compañero; o que, tristemente, me dirán que logró su objetivo en el sexto intento de suicidarse. Mientras tanto, busco una manera de tender mis manos a quien lo necesite, a quien esté próximo y, mitigar así, un poco tanto dolor que nos daña cada día más como sociedad con y por acciones cotidianas que no queremos ver, tan fríos como deben ser las noches sin techo.


1. Nombre ficticio dado al personaje principal quien por su seguridad pidió no fuera revelada su identidad.

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